viernes, 26 de septiembre de 2008

Todo cambia, ¿o no?

Recuerdo que hace bastantes años envié una breve carta al director de uno de los periódicos de tirada nacional. En ella hacía una encendida defensa del español, de su importancia, de su futuro y de la necesidad de que una lengua no fuera utilizada como arma arrojadiza en discusiones políticas. Cosas de la edad, supongo.


Por aquel entonces me enorgullecía hablar y estudiar una lengua que compartíamos cerca de 350 millones de personas como lengua materna (ahora algunos millones más), un maravilloso vehículo de comunicación entre personas separadas por miles de kilómetros. Sobre todo aquí, en España, no se daba a este hecho el valor que tenía y tampoco se le tenía el debido respeto. En este aspecto, la “madre patria” estaba bastante lejos de sus “hijas”.


Don Gregorio Salvador, vicedirector de la Real Academia Española decía que ojalá todos los habitantes del mundo nos despertáramos un día hablando inglés, pues creía que eso acabaría con los problemas de comunicación entre nosotros. Yo preferiría que en lugar de inglés fuera en español, aunque eso significara que tendría que buscarme otro trabajo. Es evidente que Salvador no se había convertido en encendido anglófilo.


Es triste comprobar que casi 20 años después la situación no ha cambiado mucho. Y si lo ha hecho, desgraciadamente, no ha sido a mejor. España es el único país donde una lengua como el español, que ha sobrepasado ya los 400 millones de hablantes y que se ha convertido ya en la segunda lengua más estudiada, está perdiendo hablantes en algunas de sus regiones. Y la razón no es precisamente que el número de habitantes haya descendido en estos años, todo lo contrario.


En fin, espero que dentro de otros veinte vuelva a releer estas líneas y la situación haya mejorado. Hoy no soy demasiado optimista al respecto.